Arcilla vieja

Mi relación con el barro es tan vieja como irregular. Esto último por la poca frecuencia con que nos relacionamos y lo de vieja porque la conciencia que tengo de llevarme bien con el/ella es anterior a la que tengo respecto al lápiz o al pincel.

Creo que con 9 años hice una figura que no decía mal. Una dona vestida con el traje tradicional catalán con rasgos un tanto hombrunos que mi padre conservo en su estantería hasta que se cayo a trozos. Por supuesto, lo primero que fallo fue la cabeza.

Contemplaciones

Más adelante, un verano, tal vez el del 76, la hermana de Rosa Regás, Giorgina, nos enseño, a tres de los hermanos, a trabajar el barro con torno, a hacer un poco de cacharrería, de la cual conservo aún algo así como un tintero y un cenicero.

Por último, como enseñanza, en el primer curso de Bellas Artes aprendí los rudimentos del trabajo serio del escultor con la arcilla, alguna pose del natural a pequeña escala y creo que incluso un retrato del compañero más cercano.

Es un poco basta pero yo le digo Herrymooriana.
No que bicho se encargaría del pendiente.

Desde entonces, de lustro en lustro, me entretengo embarrandome y pergeñando figurillas. En un principio simplemente las dejaba secar y las pintaba con esmalte por lo que no sobrevivían muchos años o lo hacían con serias mutilaciones.

La desesperación de la Musa

Las que ilustran esta entrada son las primeras que hice con adobe, mezclando paja en la arcilla, buscando una mejor durabilidad. Una esta esmaltada como las anteriores y le añadí ese alambre que la dinamiza. La otra está tal cual la secó el sol con ese huésped natural que quiso venir a dar el arte final aquel mismo verano. Algo más que aquellas primeras creaciones van aguantando.


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