Tertulia y seriedades

Del 87 son tanto el primer boceto como el encargo. Este consistía en hacer un dibujo de cada uno de los contertulios, que compraría cada quién, y el retrato de grupo para el cual se encargarían de buscar un buen destino. El asunto de dilató demasiado. En el 97 pude finalmente presentar el cuadro dentro de la exposición Benetiana que rendía tributo a la plástica de mi señor padre en el Colegio de Ingenieros de la calle Almagro.

Para completar la sección he preparado una pequeña muestra con otros encargos, retratos, algún paisaje y otras cosillas a las que guardo cariño por alguna razón.


La tertulia
Estudios, bocetos y textos
Otras seriedades

La tertulia de los juanes en José Luís


El cuadro está en Rueda, en un edificio perteneciente a Bodegas Mocen que alberga la colección de arte de José Luís. Al ser uno de sus locales (la pecera izquierda de Rafael Salgado, detrás del Bernabéu) el escenario donde se sitúa el retrato era, sin lugar a dudas, el destinatario ideal. Un caballero con quien llegue a un acuerdo satisfactorio en cuanto tuvo noticia de la existencia de la obra.


Acrílico sobre tabla de 220 x 140 cm. 1997


Para la ocasión se editó, aparte del catálogo de Benetiana, un pequeño cuaderno monográfico sobre el cuadro de la tertulia, con fotos de los dibujos y un par de textos que me cedieron Calvo Serraller y Vicent. Prácticamente todo el contenido queda aquí reproducido esperando no incomodar a Manolo ni a los herederos de Paco.


El friso y el redondel

por Francisco Calvo Serraller

En su célebre estudio histórico sobre esa peculiar derivación del retrato de grupo, que se conoce con el termino inglés de Conversation Pieces, Mario Praz analiza antecedentes remotos, aunque reconoce que la configuración de este género como tal se remonta, en primer término, a la pintura holandesa del siglo XVII, con sus pletóricos grupos de cofrades burgueses mirando, corporativamente satisfechos, como quien dice, a la cámara –la cámara oscura de la que se valía el realismo óptico holandés– para alcanzar su cénit, forma y contenido, en la pintura británica del siglo XVIII, momento en que dicho genero se definió como una suerte de conversación en grupo familiar o en términos semejantes de cordialidad íntima. Entre las características que Praz enuncia como determinantes para identificar un retrato grupal como tal  Conversation Piece están las siguientes: 1. Dos o más personas identificables; 2. Ambiente de fondo que representa el hábitat de la familia o del grupo; 3. Cualquier gesto que indique conversación o comunicación de cualquier tipo; 4. Intimidad, no oficialidad o función pública.

En todo caso, resulta curioso que, en España a diferencia de otros países europeos, no haya hasta muy tarde, salvo alguna excepción memorable, como probablemente Las Meninas, cuadros de conversación, y, por ello, tampoco exista un reconocimiento de los tales en nuestra literatura artística. Eso no quita el que, si bien fuera del ámbito de la pintura, tengamos un término específico para definir la situación: el de tertulia. De hecho la traducción más exacta del termino Conversation Piecesería el de cuadro o escena de tertulia.

Toda esta somera precisión histórica acerca del género es para contextualizar, como es debido, el cuadro que ha pintado Eugenio Benet con una tertulia madrileña, activa desde aproximadamente los mismos años transcurridos desde la transición democrática española, y entre cuyos componentes hubo, en un determinado momento, algunos muy importantes escritores de nuestro país hoy desaparecidos, como Juan Benet y Juan García Hortelano , pero también otra serie de intelectuales, políticos y profesionales. Quiero decir que todos ellos son personas identificables, aunque, más allá de la importancia que cada cual pudiera tener, no están reunidos por motivos oficiales o de función pública, sino por el hecho simple y amistoso de reunirse para charlar. Forman entonces un genuino grupo de tertulia y cumplen los requisitos para formar parte de un cuadro de conversación. Por lo demás, el hábitat familiar de fondo, que también demandara Praz para caracterizar el género, es el propio y tradicional de este tipo de reuniones en España: el café o su más polivalente derivado actual. En el caso que nos ocupa, y en el momento en que se inspira para hacer el cuadro de la tertulia Eugenio Benet, se trata del local público “José Luis”.

Las tertulias y su correspondiente representación artística comenzaron a generalizarse tan tarde como la implantación histórica de un sistema político de libertades, que, en España, se demoró hasta la década de 1830. Hay algún precedente anterior, de nuestra precaria ilustración, como, sobre todo, el maravilloso de La familia del infante don Luis, de Goya, además del ya citado de Velázquez. En todo caso, la costumbre y su plasmación pictórica se formaliza en España durante el XIX y llega a su apoteosis entre el fin de siglo pasado y la guerra civil. Durante este tiempo, y entre todo lo pintado al respecto, hubo, sin embargo, una obra, cuya singularidad fue tal que prácticamente se convirtió en el prototipo máximo de la forma española de entender el género: La tertulia del Café de Pombo, de José Gutiérrez Solana.

Su cita aquí es, por tanto, fundamental, ya que ha de servir como punto de referencia y contraste con la que ahora ha realizado Eugenio Benet. Aclaremos que lo que se ha de contrastar no es ni las respectivas calidades de cada uno de los cuadros, ni los personajes que protagonizan ninguna de las dos tertulias, lo que, entre otras cosas, seria un absurdo anacronismo, sino exactamente lo que Praz denomino hábitat y lo que cada hábitat tiene de atmósfera en el más amplio sentido del término. También lo que, de manera muy libre, podríamos llamar forma del encuadre.

Desde esta perspectiva, hay, por de pronto, un contraste contundente entre la negrura y la transparencia de cada una de las tertulias pintadas. Negrura del Pombo de Solana de múltiples significados: la de interior cerrado, la del hieratismo de los personajes, la del uniforme negro que todos portan y, en fin, la del abetunado barniz que tiene como destino natural el opacarse. El negro de Solana, vamos, es un negro que, además, se ennegrece, que busca el negro absoluto como su lógico final. Los pombianos se representan así como una alineación de espectros o ánimas negras fantasmales.

El negro de la tertulia pombiana es, además, un negro reduplicativo, pues a ello ayuda el único recurso cristalino, el del gran espejo horizontal que guarda las espaldas del amistoso grupo, todo el trajeado en negro, a la funerala, como ya señalara Baudelaire que se estilaba en la formal y muy moderna burguesía. Este recurso especular se pierde en la noche de los tiempos de la pintura occidental, cuyo primer orate doctrinario, L. B. Alberti, ya señaló que el pintor era cual un Narciso atrapado por su reflejo en la fuente. Sea como sea, el espejo pombiano es un homenaje que rinde Solana a Manet, el autor de Bar del Folies Bergère, pintado en 1881, el año en que nace Picasso, y cuya imagen reflejada introduce un bombardeo luminoso de globos y arañas que multiplica el espacio del fondo, atestado por una bulliciosa multitud. Lo que refleja el espejo de Solana es, no obstante, bien distinto: apenas la sugerencia de un espacio de fondo muy limitado y que se viene encima, casi una excusa para dar cuenta de una triste pareja de ancianos. Lo que digo: negro sobre negro, negro claustrofóbico.

Lo primero y comparativamente más chocante en el cuadro o en el encuadre de Eugenio Benet no es sólo su composición misma –un círculo inscrito en un rombo, que es como si el circulo fuera lanceolado, y, en cualquier caso, lo que podríamos definir como un espacio atravesado por una diagonal que lo dinamiza–, sino que lo cristalino, que circunda el ámbito habitable se abre por completo al espacio urbano exterior: no refleja o reduplica el interior, sino que transparenta una calle de radiante luminosidad, cuya vibración blanca ha de ser atenuada por unos visillos. En esto hay, por de pronto, dos actitudes contrapuestas: la decimonónica de encerrarse, frente a la de nuestro siglo, que se abre al exterior, que suprime el muro.

En los 77 años que separan los cuadros de Solana y Benet, también parece muy rotundo un cambio sociológico: la desaparición del negro. La España de Eugenio Benet no tiene ya que ver, o habría que rebuscarlo, con la España negra de Solana. Es una mera cuestión de luz y transparencia: una cuestión de que quizá ya no tiene sentido encerrarse. También en este terreno de las actitudes, que ha sido en la sempiterna formal España, se acusa el contraste entre la uniformidad y la formalidad de los contertulios pombianos frente a lo diverso e informal de los contertulios de “José Luis”.

Hierático friso corrido o rueda, podríamos seguir contraponiendo la divergente disposición de ambos cuadros a través de otros detalles. En vez de ello, no quisiera terminar este breve conjunto de sugerencias sin hacer justo lo contrario; esto es: señalando algunos puntos en común. La tertulia pombiana está dominada, sin discusión, por Ramón Gómez de la Serna, que está en pie y en actitud de usar la palabra, algo que hace con contundencia, como se corrobora con el gesto de su mano derecha que da la impresión de golpear la mesa. El papel de Ramón, en la tertulia de “José Luis”, está repartido entre Juan García Hortelano, también en pie y fuera del círculo, pero como figura tutelar más que propiamente dominante, y Juan Benet, sentado, pero cuyo gesto es conminatorio, dejando claro que es quien lleva la voz cantante. Los contertulios de ambas se dividen por igual en aparentar, los unos, que escuchan al oráculo, mientras, los otros, descaradamente miran a la cámara. Existe un reparto de papeles. De todas formas, la alineación horizontal de Solana propende al hieratismo. Tiene algo de catedralicia y, si se me apura, hasta el estatismo jerarquizado de los egipcios. Es un nicho con figuras. La circular de Benet ofrece un más versátil juego de correspondencias radiales, un orden homogéneo que impide la jerarquía. Es un orden, por así decirlo, más danzarín. Este orden circular da la clave del porqué, completando el recorrido, no sólo se organizan los contertulios alrededor de las mesas redondas, sino que, de hecho, pensando en la esfera de un reloj, las doce, la figura de Juan Benet, está tan de frente, como las seis, la figura de Pedro Moreno, mientras que el resto se van acompasadamente girando. Claro que este círculo de amistad tiene también su cometa: el rostro bifronte de Jesús Aguirre que atraviesa transversalmente la escena en un auténtico sí es-no es. Al fin, ritmo y luz, el realismo y la realidad de Eugenio Benet representa, quién podría dudarlo, a España, pero no a la España negra. Así están las cosas conversacionales en España y no es improductivo echarles una ojeada a través de imágenes, por las que no pasa el tiempo, porque lo fijan.


Fragmentos de una conferencia sobre

Juan benet

por Manuel Vicent

«…yo a Benet le decía que no se puede ser brillante, agudo, inteligente en cada frase todos los minutos del dia y de la noche. Uno necesita descansar. Cuando llegaba Benet a la tertulia enseguida se establecía de forma espontánea una competición. Se trataba de demostrar quien era el más ingenioso, cáustico, lúcido y no bastaba para eso con saber cosas inutiles sobre el neolítico o emitir juicios precisos acerca de Saint-Simon, de Stevenson o de los contrafuertes del románico, también había que ser selectivo en el desprecio, original en la maledicencia y usar un humor adecuado a cada circunstancia, unas veces irónico y otras veces brutal. Uno miraba el reloj y pedia tiempo, como en el baloncesto, sólo para descansar cinco minutos de ser brillante. Entonces cualquiera en esos cinco minutos de descanso podía bajar la guardia y permitirse el lujo de soltar una frase hecha, algún tópico, algún lugar común. (…) Se podía soltar una vulgaridad o incluso manifestar algún sentimiento de ternura, pero pasados esos momentos de descanso se volvía a la cancha donde había que demostrar de nuevo quien era más brillante, agudo, inteligente, etcétera.

»Ningún escritor, siendo tan afable, realizó tantos esfuerzos por parecer malvado ni logró sacar tanto partido del cinismo estético habiéndose nutrido con tanto vigor en la ética. Esa era su contradicción: por fuera su diseño británico con un toque de señorito perdulario le obligaba a estar siempre a la altura de su desdén, que consistía en sostener con la máxima elegancia la copa de ginebra mientras la Iengua se iba transformando en un hacha. Benet daba la sensación de que siempre venía o iba a un lugar donde lo pasaba bien. Esto no se lo perdonaban. En cambio Juan Benet por dentro era un moralista, un español barojiano, al que sólo le faltaba más grasa y menos talento para ser un castizo…»

Boceto con muchas más personas. Lápiz sobre papel del 87.
«La tertulia» – Acrílico y collage/ tabla 1987 –78 x 48 cm
Juan
Clemente
Eduardo
Elias
Pablo
Joaquín
Jorge
Javier
José María
Manolo
Miguel Ángel
Pedro
Juan
Natalia
Patxo
Sancho

Otras seriedades


Hay en esta sección una miscelánea con dibujos además de pintura. Tal vez lo más emotivo son otros retratos de grupo con Juan encargados por Josefina Machinbarrena y por Marisol Benet.

He incluido casi todos los encargos pictóricos que me han hecho (pocos), incluyendo el que hice al llegar a mi destino militar en el año 90 y que es el retrato del pavo que se comieron los mandos aquella navidad.

Una acuarela, también muy emotiva, pues sirvió de portada para la edición del Saul ante Samuel que preparó mi padre mientras luchaba con la enfermedad, pasando revista por las mañanas a lo que él que escribe había hecho durante la vigilia nocturna.

Seguramente esté enseñando más cosas de las que debería pero, como estoy seguro de que eso ya es la tónica de este sitio, perdido ya, me meto de cabeza al río que es algo muy benetiano.